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Un maldito policia en Nueva Orleans. La vitalidad del exceso

La naturaleza es caos y violencia y el hombre es un ser desgarrado por su doble condición de animal y hombre. La carga instintiva que implica la supervivencia en la naturaleza se contrapone con los condicionamientos culturales que le permiten convivir en sociedad. Esta tensión entre violencia y cultura recorre toda la obra del director alemán Werner Herzog.

Un maldito policía en Nueva Orleans (The Bad Lieutenant: Port of Call – New Orleans, 2009) construye una atmósfera de marginalidad que se extiende a todos los estratos de una sociedad corrompida. El último film de Herzog está ambientado en Nueva Orleans después del Huracán Katrina, un terreno devastado por el racismo, el abandono del modelo esclavista bajo el cultivo del algodón, la recesión, la pobreza y la corrupción en el que los seres humanos reptan como serpientes.

En esta ciudad al borde del colapso moral el teniente Terence McDonagh (Nicholas Cage) representa la degradación en su punto más alto. En medio del retrato de este antihéroe policial una familia senegalesa es asesinada por un conflicto territorial entre traficantes de drogas. McDonagh debe investigar el crimen junto a su compañero Stevie Pruit (Val Kilmer) y lidiar con los problemas de su pareja, la prostituta Frankie Donnenfeld (Eva Mendes), su adicción a las apuestas, la cocaína, la relación enfermiza entre su padre (Tom Bower) y su madrastra (Jennifer Coolidge) y un impulso hacia el abuso de poder que lo sumergen en un estado alucinatorio.

La exuberancia y la obsesión por retratar la naturaleza en su estado más salvaje no siempre han llevado a Herzog a buen puerto. Tanto en la producción documental como en la ficcional el director ha perdido el control en muchas oportunidades a raíz de su megalomanía. En muchos casos el resultado de esta pérdida de control fueron obras geniales como las que produjo junto a Klaus Kinski. Lo cierto es que Herzog parece ser un director que necesita alguien que lo transporte de nuevo a la tierra o que potencie su locura. En este caso el responsable de una mescla de ambas cosas fue el guionista William Finkelstein, un experto guionista de series policiales para televisión.

El tono exagerado y por momentos surrealista de toda la película construye una visión acerca de una realidad adulterada por el abuso de las drogas. La corrupción y la degradación dan paso a o inesperado, que se apodera de la película de a poco en escenas memorables que convierten la historia en parte de un mundo inaccesible al que solo se puede llegar por medio del abuso y la pérdida de control. El mundo no es lo que parece y la percepción es una ilusión acerca de lo que no nos atrevemos a ver. En palabras de Herzog: “En lugar de la verdad verdadera coloco siempre otra, tan verdadera como ella, pero distinta, intensificada, potenciada”.

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