Celda 211. Soberanía carcelaria

Los que no tienen nada que perder luchan por todo sin especular acerca de las consecuencias como fanáticos, necesitados de una causa que ilumine el oscuro fondo al que la marginación los condujo.

La rebelión carcelaria que el director y guionista Daniel Monzón construyó en Celda 211 (Celda 211, 2009) es una adaptación de la novela homónima de Francisco Pérez Gandul que aborda con valentía el problema de las condiciones de vida de la población carcelaria y del régimen de los presos políticos vascos en España.

Juan Oliver (Alberto Ammann), un funcionario de prisiones recién contratado, concurre a la prisión un día antes de su incorporación oficial para conocer a sus compañeros y familiarizarse con su nuevo puesto de trabajo. Un accidente durante un motín carcelario liderado por uno de los presos más peligrosos, Malamadre (Luis Tosar), dejará a Juan inconsciente en la celda 211. Al despertar decide tomar el riesgo de representar el papel de un nuevo recluso para no ser tomado como rehén. El motín convertirá lo que era una vida perfecta en una pesadilla en la que la venganza no es suficiente para aplacar la violencia desatada.

El enfrentamiento entre la sociedad y sus demonios es una vez más actualizado de forma brillante. Toda la gama de marginales que la sociedad quiere poner debajo de la alfombra y no es capaz de tolerar queda recluida bajo el mando del sistema judicial y encuentra su libertad en el único acto de soberanía que conocen, el motín.

A pesar de algunas fallas en la credibilidad del guión la historia se abre camino a partir de las descollantes interpretaciones de los actores que personifican a los presos. El ritmo acelera las pulsaciones en una carrera contra la muerte que no ahorra reflexiones sobre las condiciones materiales de las cárceles y la hipocresía de los políticos al respecto.

La represión y la lógica policial carcelaria puestas en cuestión a partir de una historia que analiza críticamente la situación penitenciaria española y la fragilidad e inoperancia del sistema disciplinario.

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La cinta blanca. El mal al desnudo

La sutileza de los cambios sociales solo puede ser captada mediante exhaustivos análisis que desmenuzan los intrincados caminos que dieron lugar a la aparición la ruptura.

La cinta blanca (Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte, 2009) puede ser leída como un cuento infantil alemán perverso en blanco y negro acerca de la aparición de la violencia y la brutalidad en la sociedad alemana a principios del Siglo XX.

En su última película, el guionista y director Michael Haneke, aísla y estudia como en un laboratorio el germen del mal a partir de confusos episodios de violencia en una aldea alemana en los años previos al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

A partir de la narración de un profesor rural de ciertos acontecimientos que conmocionaron los valores y la moral de un pequeño pueblo rural de campesinos alemanes, la caldera de la represión a punto de explotar se ilumina a través de diversos sucesos violentos que involucran a los niños y jóvenes del pueblo. Las tradiciones colapsan y solo las apariencias sostienen una estructura que ya no puede cohesionar.

Subrepticiamente, el mal se apodera lentamente de todo, quebrantando todas las prohibiciones dejando a los personajes desamparados ante su propia impotencia. Haneke indaga en la esencia de la maldad para presentarla en todo su esplendor, desnuda, perturbadora. Ahí donde los personajes no se atreven a mirar es donde se pierde la inocencia y comienza el despertar del monstruo que guiará el corazón alemán por medio siglo.

La cinta blanca representa la pureza perdida y el fin de una generación y sus valores. Los personajes asisten imperturbables al espectáculo del desmoronamiento de la ética protestante y el surgimiento de algo nuevo que corroe con fiereza las entrañas de una sociedad decadente.

El tono realista del film afirma la inquietud de nuestros miedos y nos ofrece una visión de la irracionalidad que quebró el equilibrio de los ideales de la moderación protestante. La cinta blanca es un viaje por las manifestaciones del mal, sus velos y sus guaridas posando la mirada sobre la barbarie que siempre está a la espera.

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Las hierbas salvajes. La nueva ola ataca de nuevo

Hubo una época en la cual el cine europeo competía a nivel intelectual con Hollywood levantando la bandera de una percepción cinematográfica diferente y una mirada artística de la vida y sus conflictos que implicaba técnicas de edición y filmación opuestas al canón.

Las hierbas salvajes (Les Herbes Folles, 2009), la última película de Alain Resnais, uno de los principales exponentes de la nouvelle vague (nueva ola), proyecta una comedia romántica basada en una relación sentimental adulta fuera de los convencionalismos de las historias de amor hollywoodenses. El guión de Alex Reval es una adaptación de la novela homónima de Christian Gailly.

La historia se inicia con una serie de casualidades que se desencadenan a partir de pequeños detalles que conducen a Marguerite (Sabine Ázema), hasta el centro de París, donde le es arrebatada su cartera por un ratero. Georges (André Dussollier), encuentra la billetera de Marguerite en el estacionamiento de un conocido shopping del centro de París y se obsesiona con devolverla.

El violento pasado de Georges y la afirmación de su masculinidad a partir de la promiscuidad y la misoginia unida a un romanticismo fuera de moda y la excentricidad del comportamiento de Marguerite condenan a la pareja a una serie de desencuentros que conducen a la angustia que nos remite a la soledad y la dificultad de entablar relaciones no alienadas por las convenciones amorosas.

Las cuestiones de clase se mezclan con los estilos de vida en una atracción que envuelve en la maleza lo modernista con lo kitsch en un recorrido por la vida parisina y sus suburbios. El choque de los polos opuestos y la parodia explicita del cine norteamericano y sus historias de amor no logran construir una apuesta diferente desde lo estético, atrincherando a la película en la originalidad de los diálogos y las reflexiones en voz en off respetando el registro literario que caracteriza al director.

Las técnicas de la nouvelle vague y del cine intelectual francés pueden llenar páginas y páginas de la historia del cine pero su estilo provocador sucumbió con la propia provocación debido al destino intrínseco de las vanguardias estéticas. Los cambios duraderos son producto del trabajo constante que recupera las rupturas donde son resistentes más allá de la inmediatez de sus pretensiones retóricas.

Las hierbas salvajes es un producto tardío de las vanguardias cinematográficas que todavía conservan su ideal de contar historias desde el punto vista del cine de autor. En las marcas de la búsqueda de la originalidad de Resnais y en la solidez de las actuaciones podemos encontrar los puntos fuertes de la película mientras que en la insistencia por diferenciarse del cine clásico norteamericano la historia pierde su fuerza para dar paso a juegos referenciales ajenos a la trama que extienden las escenas sin sentido y atentan contra la coherencia del film.

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Hermanos. Una mirada sobre el progresismo

Las secuelas de la guerra y las causas y consecuencias de la misma en una sociedad que necesita justificar y reflexionar sobre sus experiencias traumáticas explotan como una bomba en las instituciones que sostienen los lazos más íntimos.

Hermanos (Brothers, 2009) es un film acerca de los efectos de la guerra de Afganistán sobre una familia de militares. La película fue dirigida por Jim Sheridan (In the Name of the Father, 1993) y escrita por David Benioff (X-Men. Origins. Wolverine, 2009).

Sam Cahill (Tobey Maguire) es un capitán del ejército de los Estados Unidos que intenta ayudar a su hermano Tommy (Jacob Gyllenhaal), quien tiene una tendencia a encontrar problemas que lo aproximan a las cárceles. La esposa de Sam, Grace (Natalie Portman) y su padre ex militar, Hank (Sam Shepard) piensan que Tommy es un caso perdido, pero el capitán Cahill está en desacuerdo y lo ayudará a alejarse de los problemas.

Tommy cambia su actitud y se aferra a la familia cuando el helicóptero de Sam es derribado en el desierto afgano y dado por muerto por el Ejército. La organización familiar se desmorona al perder su cabeza y comienza a transitar un camino de cambios que llevarán a los protagonistas a una reconciliación y a descubrir la fragilidad de la felicidad y los prejuicios acerca de lo que no coincide con los ideales preestablecidos mientras Sam intenta escapar de sus captores.

El tono aleccionador y los estereotipos del guión no permiten que la película despegue y explore en todas sus dimensiones las heridas psíquicas causadas por las guerras norteamericanas en el entorno familiar de su país.

La intención de construir una historia que se cierre en sí misma pero que a su vez represente el arquetipo de conflicto familiar producto de los traumas debidos a conflictos bélicos se descompone en su propia previsibilidad. La historia pierde intensidad a medida que transcurre la película y las buenas actuaciones no logran levantar el interés de una trama que amaga despegar y decepciona con su propuesta poco novedosa y sus ideas sacadas del manual del sentido común progresista.

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La isla siniestra. Las voces del pasado nos siguen atormentando

La capacidad para lo siniestro y la violencia convierte a nuestras alucinaciones y pesadillas en sueños de los que a veces no se puede o debe despertar para poder continuar viviendo una vida digna de ser vivida.

La isla siniestra (Shutter Island, 2010) es una adaptación de la novela homónima de Dannis Lehare (Río Místico, 2003) dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Leonardo Di Caprio, Mark Ruffalo. Ben Kingsley y Max von Sydow y esta ambientada en una isla de la Bahía de Boston en 1954.

Tras una densa neblina surge el barco que transporta a los U.S. Marshals Teddy Daniels y Chuck Aule, quienes han sido asignados para investigar la desaparición de Rachel Solando (Emily Mortimer y Patricia Clarkson), una interna del Hospital mental Ashecliffe situado en una de las islas de la Bahía de Boston. El hospital está regido por el Dr. Cawley (Ben Kingstey), un hombre de ideas heterodoxas y experimentales acerca de la psiquiatría.

El pasado del oficial Daniels emerge en una serie de sueños alucinatorios que convergen en una conspiración del Gobierno norteamericano para ocultar los experimentos neuropsiquiátricos realizados por los doctores. De a poco la realidad se desvanece en una historia que se esfuma como el débil fuego de las cerillas que mantienen la única luz de sanidad dentro de la isla. El puente entre la cordura y la insania se rompe a través de la barbarie.

La brutalidad de la humanidad emerge desde lo más profundo del inconsciente a partir de arquetipos como los campos de concentración nazis, los procedimientos quirúrgicos realizados por psiquiatras y la experimentación con psicofármacos. El pasado de la psiquiatría y sus excesos en la búsqueda del conocimiento son llevados hasta el extremo de sus consecuencias hasta desmoronar todos los cimientos de la ciencia, la razón y el progreso.

La síntesis entre el mundo visual y el mundo sonoro funciona como una sinfonía escalofriante a cargo de Bernard Herrmann y su colaborador Robbie Robertson (The Band). Las piezas de este rompecabezas se desmoronan a partir de una música que nos envuelve en un clima de terror a partir del temor a nuestra propia naturaleza humana. Nuestra herencia, nuestra cultura y toda nuestra civilización está construida sobre nuestros miedos y pesadillas y el resultado es la barbarie debajo de la alfombra de la historia. La respuesta a todo está en el faro que ya no ilumina nuestro futuro.

Jabberwocky (Lewis Carroll)

‘Twas brillig, and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe;
All mimsy were the borogoves,
And the mome raths outgrabe.
‘Beware the Jabberwock, my son!
The jaws that bite, the claws that catch!
Beware the Jubjub bird, and shun
The frumious Bandersnatch!’
He took his vorpal sword in hand:
Long time the manxome foe he sought–
So rested he by the Tumtum tree,
And stood awhile in thought.
And as in uffish thought he stood,
The Jabberwock, with eyes of flame,
Came whiffling through the tulgey wood,
And burbled as it came!
One, two! One, two! And through and through
The vorpal blade went snicker-snack!
He left it dead, and with its head
He went galumphing back.
‘And hast thou slain the Jabberwock?
Come to my arms, my beamish boy!
O frabjous day! Callooh! Callay!’
He chortled in his joy.
‘Twas brillig, and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe;
All mimsy were the borogoves,
And the mome raths outgrabe.
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Alicia en el país de las maravillas. Espejos vacíos

La fantasía en el cine siempre está en el borde de la incongruencia y la simpleza revistiendo de ingenuidad en muchos casos aquello que exige solidez y madurez narrativa.

Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, 2010), la última película de Tim Burton, se desmorona en todos los pilares de la narración debido al agotamiento de la técnica intrínseca de la idiosincrasia del director y de la debilidad de un guión que no logra complejizar el relato. La obra es una adaptación libre que mezcla varias obras de Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas, Alicia a través del espejo y Jabberwocky.

Alicia (Mia Wasikowska) es ya una jovencita curiosa y moderna en una sociedad inglesa tradicional que no es conocida por premiar el atrevimiento femenino. En el momento en que Alicia recibe una proposición de casamiento con el hijo exageradamente desagradable de una prominente familia Alicia ve un conejo con chaleco que le pide que lo siga hasta el agujero por donde años antes ella había caído.

El retorno al país de las maravillas es sombrío ya que el lugar está regido por la Reina roja (Helena Bonham Carter) que le ha quitado la corona a su hermana, la Reina blanca (Anne Hathaway) y ejerce el poder de forma arbitraria y brutal. Los habitantes de Wonderland conducen a Alicia hasta la presencia del líder de la rebelión, El sombrerero loco (Johnny Depp). Cuando el sombrerero es capturado por la Reina roja, Alicia va en su ayuda para salvarlo y comenzar a transitar el camino que la convierta en una guerrera para combatir y matar al Jabberwocky (un monstruo basado en un poema de Lewis Carroll del mismo nombre).

La insipidez del relato por un lado y la innecesaridad narrativa y el exiguo aprovechamiento de la tecnología 3D por otro provocan que Alicia en el país de las maravillas desaproveche las posibilidades de la saga escrita por Lewis Carroll hace casi 150 años solo prestando atención a un público pre adolescente.

La capacidad de articular de forma creativa la realidad y la fantasía en la construcción de una estética personal que había convertido a Tim Burton en un artesano de la imaginación cinematográfica está ausente en esta versión adaptada por Linda Woolverton (El rey león, 1994, la bella y la bestia, 1991) para los estudios Disney. La sosería de esta versión adecuada a la visión anticuada de la niñez y la juventud de Disney se impone por sobre la visión de Tim Burton engendrando escenas visualmente espectaculares pero sin madurez narrativa. No solo de tecnología 3D vive el hombre.

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